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CAPITULO L
(Tercera parte)
Ramón Nonato Pérez,
Juan Galea y Juan Nepomuceno Moreno dominaban en las llanuras de Casanare.
Barreiro transcribía
por este tiempo una orden del Virrey Sámano a sus subalternos en campaña:
En lo sucesivo
prevéngase que cuando nuestras tropas ocupen territorio enemigo, no dejen hombre
alguno en el, siempre que pueda manejar armas
(3)
.
La guerra se hizo
entonces con crueldad. Lucas González, gobernador de Tunja, obtuvo un triunfo efímero en
Zapatosa sobre un grupo de patriotas. Los que no murieron en el combate fueron
sacrificados a sangre fría, y también mataron las mujeres y los niños y quemaron el
poblado, para hacer más lúgubre ese cuadró de desolación. Como represalia los
independientes daban muerte a los realistas que caían prisioneros en frecuentes combates
parciales
(1)
.
Bolívar escribía en
Angostura el 7 de agosto de 1818, un año antes de triunfar en Boyacá:
Muy pronto estará el
Ejército grande en campaña.... Nuestra situación es la más ventajosa. El enemigo,
destruido como está, no puede emprender nada contra nosotros, y debe ser atacado en todas
sus posiciones...
Ocho días después
proclamaba:
ˇGranadinos! Ya no
existe el Ejército de Morillo. Nuevas expediciones que vinieron a reforzarlo tampoco
existen. Más de 20,000 españoles han empapado la tierra de Venezuela con su sangre.
ˇGranadinos! El día
de la América ha llegado, y ningún ser humano puede retardar el curso de la Naturaleza,
guiado por la mano de la Providencia.
Doce meses más tarde
Bolívar realizaba sus sueños de libertad y de gloria.
En esos días publicaba
Sámano triunfos obtenidos sobre los patriotas. Las noches en las poblaciones eran tristes
y sombrías; no se oía ni el más libero ruido, a excepción de las pisadas regulares de
las patrullas españolas. Recogidos los habitantes en sus habitaciones desde temprano,
cerraban puertas y ventanas, no hablaban en alta voz y en las piezas más recónditas,
huyendo del alojado, se comunicaban las noticias que adquirían, las comentaban y
bendecían en secreto el nombre de Bolívar.
Ya vimos (volumen II,
páginas 336 y 395) que el joven Francisco de Paula Santander prestó servicios militares
a la revolución desde el 20 de julio de 1810, día en que llevó la bandera de las Guardias
Nacionales. Figuró después en-las luchas civiles, y más tarde, como segundo de
García Revira, fue vencido en Cachiri. Luchó con varia fortuna en los valles de
Cuenta como Jefe de la frontera, antes y después de esa desgraciada acción de guerra.
Santander llegó a Casanare en noviembre de 1818, ascendido ya a General de Brigada por
los servicios militares que había prestado en su patria y en las campanas de Venezuela.
Aunque joven, estaba condecorado con la Orden de Libertadores y era idóneo para
desempeñar el puesto que Bolívar le confiaba.
General Francisco de
Paula Santander
Era entonces de regular
estatura, un tanto corpulento, lo que quitaba a su porte la gracia y dignidad de sus
movimientos. De cabellos lisos y castaños, tez blanca, frente pequeña e inclinada
atrás, ojos pardos con largas pestañas, hundidos, vivos y penetrantes, nariz recta y
bien formada, labios delgados y comprimidos y barba redonda y corta.
El General José
Antonio Páez hizo reconocer a Santander como Comandante General de la Provincia de
Casanare y de la División que se iba a formar. Existían rivalidades entre los Jefes
militares republicanos: Juan Galea, valiente llanero; Juan Nepomuceno Moreno, Gobernador
de la Provincia de Casanare, y Ramón Nonato Pérez disentían. Santander, con habilidad y
talento, logró apagar esas disidencias. Llegaron a Casanare a sus órdenes: el venezolano
Jacinto Lara y los Tenientes Coroneles granadinos Joaquín París y Francisco de P.
Vélez, oriundos de Bogotá; Vicente González, hijo de Pamplona, y Antonio Obando,
natural de Simacota; todos excelentes Oficiales, con servicios brillantes, y fueron en no
lejano tiempo Generales de la República.
No obstante la
organización dada por Santander a Casanare en lo militar y en lo civil, y de que formó
caballería e infantería en número respetable, Juan Sámano despreciaba de corazón a
los insurgentes que hacían campaña en aquellas llanuras, «a quienes, como todos
los españoles, trataban de cuadrillas de bandidos que debían morir en la horca»
(1).
El día 19 de agosto
hizo morir Sámano en el patíbulo a Pedro Guzmán, natural de Ubaté, y ahorcó el
cadáver. Este patriota, había organizado un tumulto en su terruño en noviembre del año
anterior, en donde gritaron «ˇViva la Patria! ˇViva nuestro Generalísimo Simón
Bolívar! ˇMueran los chapetones, crueles y ladrones!» La tierra del campo santo de
Santafé de Bogotá cubrió el esqueleto de Guzmán, y su cabeza se alzó en picota y fue
descarnada por las aves de rapiña.
El 17 de septiembre de
1818 Sámano y los militares españoles que residían en la capital estuvieron de fiesta:
ese día el Provisor y Vicario Capitular, don Francisco Javier Guerra de Mier, presenció
y autorizó el matrimonio que contrajeron el Teniente Coronel del Regimiento de
Infantería de Numancia don Carlos Tolrá, favorito del Virrey, con doña María
Feliciana Rendon, natural de la Provincia de Antioquia. Fueron testigos de la ceremonia
los militares Antonio Galluzo y Nicolás Gómez y el presbítero José Fort
(1)
. Sámano les dio a los invitados mesa en el Palacio.
El 1° de octubre
recibió Carlos Tolrá de su amigo Sámano el nombramiento de Gobernador de la Provincia
de Antioquia, y con su esposa se trasladó a Medellín, donde reemplazó a Vicente
Sánchez de Lima, a quien imitó en conducta desarreglada, especialmente en el vicio del
juego, Del matrimonio Tolrá Renden nació en MedellÍn una hija, doña Ramona, la cual se
trasladó a España en 1841
(2)
.
Duro fue el Gobierno de
Carlos Tolrá en Antioquia. El prohibió que se hablara una sola palabra por los
insurgentes, traidores y rebeldes, que pudiera ser hostil para España y su católico
Monarca (que Dios guarde).»
No olvide usted-decía
a uno de sus tenientes-que solo-pueden salvarnos las providencias fuertes e irreparables (3)
.
En esos días fue
reducido a prisión un distinguido patriota, don José Ignacio Galvis, que en 1816 estuvo
en prisión, y a ella llevaron una noche las cabezas de Camilo Torres y de Rodríguez
Torices. Su esposa, doña Josefa Ber-múdez, tuvo que abandonar su casa para evitar que se
cumpliera la orden de llevarla a la cárcel. Ese matrimonio rehusaba denunciar el lugar en
que se hallaba oculto un pariente: el Capitán Ignacio Bermúdez. Sámano ordenó que
fuera ahorcada la efigie del Capitán, ridícula escena que tuvo lugar en la Plaza Mayor
de Bogotá. Comedia y tragedia
(1).
El dibujante Antonio
Andrade copió en ese tiempo unos mapas de la América del Sur, que fueron secuestrados
por orden del Gobierno, dada al Sargento Anselmo Iglesias, y depositados en poder del
Oficial español Domingo Ortiz Andrade elevó a Sámano un respetuoso memorial para que le
fueran devueltos sus mapas. Ortiz informó que ellos habían sido recogidos en casa de
doña Carmen Rodríguez de Gaitán, alias Gaitana, y que comprendían las
Provincias de Venezuela, del Nuevo Reino y parte del Virreinato del Perú y las posesiones
portuguesas. Concluyó el asunto curiosa resolución de Sámano:
PROVIDENCIA
Santafé, octubre 15 de
1818
Reténgase la entrega del
mapa que se expresa.
(Una rúbrica)
(2).
Morillo avisaba al
Ministro de Guerra, por aquellos días, que el rebelde Francisco de P. Santander engrosaba
sus fuerzas con todos los habitantes de los llanos de Casanare, y que esa ya numerosa
caballería llanera nunca se comprometía a la pelea y siempre estaba en observación y
aprovechaba los prolongados aguaceros, frecuentes en los Llanos en ciertos meses, para que
la infantería española no pudiera atacar con buen éxito a los republicanos. Agregaba
Morillo que habían nacido en el riñón de la Provincia del Socorro partidas de
descontentos y malhechores, las cuales-al decir del Pacificador-eran escarmentadas por los
soldados del Batallón Tambo.
Las partidas escarmentadas
hacían escribir a Sámano el 22 de octubre las siguientes líneas, dirigidas a Barreiro:
La fatalidad de
Miraflores ha sido una verdadera sorpresa y efecto de la Impericia, y por consiguiente el
resultado casi el peor que podía esperarse en tal caso, pues se han perdido todas las
armas de veinte y tantos hombres con el descrédito, cuyos Oficiales cayeron por de
contado en la trampa que les pusieron unos tunantes como esos llaneros.
En el Reglamento
para la segunda convocación del Congreso de Venezuela, aprobado por el Consejo de
Estado y por Bolívar el 24 de octubre, en Angostura, se lee:
La sangre de los hilos
de Santafé se ha derramado por la salud de nuestro país: nada pues es más justo que
derramar la nuestra por la salud del suyo. Nosotros no podemos dejar de recordar con
sentimientos de gratitud y admiración la memoria de los valientes que corrieron a nuestro
auxilio desde Bogotá. Serán para siempre distinguidas entre todos ellos los Urdaneta,
los Girardot, los Ricaurtes y DElhuyart. El nombre de estos guerreros, registrado en
la Historia, recibirá de la posteridad el tributo más digno de sus acciones. Dejaron de
existir, para vivir eternamente. Girardot, Ricaurte y DElhuyart, pero les ha
sobrevivido el primero para vengar su muerte y coger nuevos laureles en el campo de Marte.
Conceptos que autorizó
la firma del Secretario del Consejo de Estado, Ramón García Cádiz
(1).
Al Coro Catedral de
Bogotá habían ingresado los realistas Juan Antonio Riaño, natural de Guachetá; Mariano
López Quintana y Plácido Hernández Domínguez, españoles. Sobre los méritos de estos
Canónigos escribía un desterrado en España, el Magistral Andrés Rosillo:
Hasta ahora sólo se
puede trabajar en hacer informes y representar la impolítica y escandalosa injusticia de
habernos ridiculizado el Coro con los muebles que elevaron a dignidades.
Andrés Rosillo
conservaba su carácter independiente en los largos días del destierro.
Merece conservarse una
carta oficial que guardan los archivos del Virreinato, escrita en Santafé por el Coronel
José María Barreiro, en forma de circular, el último día de noviembre de 1818:
El Excelentísimo
señor Virrey, a consecuencia del movimiento que hizo el Comandante de la Columna de
Miraflores. Sargento Mayor don Juan Figueroa, hasta el río Upía, asolando cuantos
trapiches, cañaverales y sementeras había hallado, habiendo cogido algunos paisanos y
mujeres que estaban indefensos, ha decretado con fecha 28 del actual lo que copio:
«Se aprueban los
procedimientos del Sargento Mayor Figueroa, y en lo sucesivo prevéngase que cuando
nuestras tropas ocupen territorio enemigo, no dejen hombre alguno en él, siempre que
puedan manejar armas, bien sea de fuego o blanca.»
El Coronel Barreiro
disponía que los Comandantes cumplieran estrictamente lo dispuesto por el Virrey,
guardando en los archivos esta prevención para obedecerla con toda exactitud
(1)
.
Se recordará que el
Coronel Carlos Tolrá había dado instrucciones análogas al Coronel Simón Sicilia.
Resta sólo averiguar
los parajes adonde se han ocultado, cuya diligencia practicara, usted fusilando a cuantos
aprehenda
(2)
.
Los Jefes españoles
trataban a los insurgentes como cuadrillas de bandidos que debían morir en la
horca, y estaban de acuerdo en castigarlos como a insignes criminales. De ahí el que la
guerra tuviera carácter de barbarie y de crueldad.
Desde 1815 se había
creado en Santa Marta, para subvenir a los gastos del Ejército español, una moneda de
baja ley, sin tipo ni peso, es decir, pedazos de plata. Fue falsificada fácilmente, y
llegó a tal demérito que el Virrey Juan Sámano, para remediar el mal, dispuso
depositarla en las arcas reales, dejando de circular en un solo día, con promesa de
indemnizar a los dueños. De acuerdo con orden del Monarca, se persiguieron en adelante
como a monederos falsos a los que volvieran a fabricarla. Se llevó a efecto el secuestro,
pero no se cumplió la promesa de indemnización, pues el Tesoro virreinal tenía un
fuerte déficit, y los colonos perdieron sus dineros. La Junta de Tribunales decretó una
exacción o contribución del uno por ciento sobre las propiedades de los habitantes del
Nuevo Reino, con el fin de amortizar la moneda indicada. La cuantiosa entrada se destinó
a gastos de guerra, y los exposeedores de la moneda falsa no fueron indemnizados
(1).
El Monarca español dio
tres Reales Cédulas en 1818, con relación al Gobierno de Santafé, las que se conservan
en el Archivo anexo a la Biblioteca Nacional, en el tomo XLII. Una concedía a las
mujeres que fueron fieles a España durante la revolución una medalla; otra permitió a
los frailes, en el Nuevo Reino, sepultura en sus conventos, y la tercera dio título de
Comisarios de Cruzada al Canónigo Antonio de León (el Indio) y al Magistral
Andrés Rosillo, que purgaba su patriotismo en las prisiones de la Península.
Anotamos en la página
114 de este volumen que don Luis Girardot, padre de Atanasio, Pedro y Miguel, había sido
un benemérito servidor de la República. Recordamos ahora que don Luis Girardot murió
trágicamente en Casanare a la vez que el General Serviez, el año funesto de 1816. El
fundador de la familia Girardot contrajo primeras nupcias en Tunja con doña María Teresa
L/arrota, y viudo pasó a la Provincia de Antioquia, en donde casó con doña Josefa
Díaz. Esta matrona residía en Bogotá en 1818 en situación tan lamentable de pobreza
que se atrevió a elevar memorial, que tenemos a la vista, a la Junta de Secuestros.
Pedía que no se la obligara a representar en papel sellado, es decir, pedía amparo de
pobreza en el juicio que adelantaba con el fin de que le devolvieran sus bienes. Al
principiar la revolución la señora Díaz de Girardot tenía por sí una fortuna mayor de
$200,000 y habitaba una casa en la tercera Calle Real, la más rica de la capital, y esa
dama al presente era una mendiga, o poco menos
(1).
En esa época los
republicanos y sus familias yacían in tenebris et umbra mortis. Tiempo fue ese en
el cual, según frase del presbítero colombiano don José María Muñoz, «la sangre
enrojecía las montañas, y los valles, y los ríos, y las arenas y olas de nuestros
mares.»
La cruel política de
los expedicionarios salvó la independencia, pues enardeció el patriotismo en el más
alto grado, unió las voluntades, condensó los sentimientos e hizo de los patricios y de
los labriegos una verdadera fuerza en la opinión popular.
Al terminar el año de
1818 la sociedad de la colonia estaba dividida en dos bandos, que seguían principios
diametralmente opuestos: dos años antes la fuerza triunfaba sobre la razón y el derecho,
y extraviado el criterio de los vencedores llegaron al extremo de querer exterminar a los
criollos, con ostentación de crueldad. Natural fue que las víctimas, que no podían
ocultarse ni desaparecer del escenario, se unieran para presentar resistencia, tenaz e
indomable, dejando de lado la prudencia y la circunspección que muchos de los
republicanos habían tenido hasta entonces. De ahí la aparición de numerosas guerrillas
de patriotas y el denuedo de los soldados que luchaban en Casanare.
El movimiento literario
estaba muerto. Algunos patriotas entusiastas llevaban en el retiro del hogar diarios que
han llegado hasta nosotros y que son fuente verídica de multiplicadas noticias. En la
imprenta no se editó en todo el año de 1818 más que las proclamas y órdenes de los
pacificadores y la conocida Gaceta de Santafé, dirigida por el clérigo García
Tejada.
Por su parte los
patriotas crearon en Angostura un periódico semanal: El Correo del Orinoco, El
primer número se imprimió el 27 de junio de 1818. Francisco Antonio Zea, escritor
elocuente y atildadísimo, fue su redactor, y fueron hábiles colaboradores Juan Germán
Roscio y José Luis Ramos
(1)
.
1819. El tiempo trajo
sobre sus alas el año de 1819. El avance de las ideas republicanas se había extendido
hasta el pueblo y no podía dominarse ya por la fuerza de las armas. El día 1° de enero
eligieron Alcaldes de Bogotá a don Juan Barrios y a don Pedro Lasso de la Vega, éste
médico criollo que había cursado en el Colegio del Rosario, en la cátedra que rigió
don Vicente Gil de Tejada a principios del siglo XIX.
El mismo día fue
fusilado en Zapatoca Ignacio Calvo, el Jefe más distinguido de la renombrada guerrilla de
La Niebla
(2)
.
El Coronel José María
Barreiro, en carta del día 20 de enero, decía al Virrey Sámano:
El famoso General
Santander ya ha llegado y tomado el mando. No ha traído un hombre, pero sí bastante
armamento, y quiere formar batallones. Yo me alegraré: será mejor, más pronta y más
completa su destrucción
(3)
.
Erraba Barreiro en sus
pronósticos. Ya las multitudes tenían la cohesión nacional que establece solidaridad
ante el peligro común y forma la patria fuerte. Las disensiones internas habían cesado;
las disputas domésticas se acallaron, y centralistas y federalistas formaban un solo
cuerpo y marchaban contra el enemigo común y sostenían acordes las nuevas instituciones.
_______
(3)
J. J. borda,
Compendio cit.,
157.
(Regresar)
(1)
J. M. restrepo, lib. cit., III,
459, 460;
C. benedetti, lib. cit.,
541.
(Regresar)
(1) J. M. restrepo, lib. cit., III,
466.
(Regresar)
(1)
Parroquia de la Catedral de Bogotá,
libro dé matrimonios de
1799
a.
1835,
página
670.
(Regresar)
(2)
G. arango mejía,
Genealogías cit.,
202.
(Regresar)
(
3) R. correa,
Don Agustín Duque Estrada.
(Regresar)
(1)
Algunos documentos,
tipografía de Zoilo
Salazar, Bogotá,
1834.
(Regresar)
(2)
M.
L.
corrales,
Historia cit.,
II,
380.
(Regresar)
(1) D. F. 0'LEARY,
lib. cit., XVI, 124.
(Regresar)
(1)
Archivo
Santander,
I,
360.
(Regresar)
(2) J. M. groot, lib. cit., III, 445.
(Regresar)
(1)
Volumen XXXVI de Gobierno Civil,
archivo de la Biblioteca Nacional
(Regresar)
(1)
J. D.
mon
salve,
Atanasio Girardot, II
(Regresar)
(1) J. M. restrepo, lib. cit., II,
470.
(Regresar)
(2)
Corona Fúnebre,
1910
anónimo, página
50.
(Regresar)
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