Crónicas de Bogotá
Segunda Edición
Tomo III
Pedro M. Ibáñez
© Derechos Reservados de Autor


 

CAPITULO XLII
(Tercera parte)

 

Veremos más tarde destruida esta capilla por violento terremoto, en noviembre de 1827.

El Gobierno de Alvarez abrió un donativo para auxiliar las tropas de la frontera de Cúcuta, que a la sazón mandaba Francisco de P. Santander, y para auxiliar los emigrados de Venezuela-hombres, mujeres v niños,-que pasaban de 5,000, según noticia del soldado cronista Caballero.

El Gobierno del Dictador oprimía y vejaba a los federalistas, especialmente a los que residían en la capital. Por todas partes veía conspiraciones a favor del Congreso de Tunja, y tomaba providencias rigurosas contra patriotas eminentes, víctimas de aquel sistema opresivo. Intransigente Alvarez sobre cuestiones de soberanía de Cundinamarca, y apoyado por el enérgico Ignacio Herrera, quien compartía sus opiniones, llevó a la cárcel a patriotas tan distinguidos y leales como José Gregorio Gutiérrez Moreno, Jefe del Tribunal de Apelaciones; José María Carbonell, Ministro del Tesoro; Ignacio Vargas, conocido por el apodo de El Mocho, y Pedro de la Lastra, los cuatro ilustres republicanos que pagaron con su vida el año de 1816 su amor a la libertad.

El Cura poeta José Antonio de Torres y Peña criticaba estas medidas con su pluma de realista, en los siguientes versos:

                      Lastra, los Vargas. Carbonell y Rizo.
                 Con otros, sabes que los tienen presos,
                 Y no puedo ni darles un aviso
                 Del estado que tengan los sucesos.

A la sazón, José María del Castillo, Presidente de las Provincias Unidas, y Camacho y Fernández Madrid, Triunviros, solicitaban recursos de Cundinamarca para auxiliar los Ejércitos de operaciones contra las fuerzas realistas que aparecían amenazantes por todas partes, solicitud justa que no fue atendida por el caprichoso Dictador Alvarez.

En noviembre volvió a la ciudad don José Ramón de Leiva, segundo de Nariño en la expedición del Sur, cuyos laureles habían perdido su brillo en la acción de Pasto. «¡Cosa particular! El recibimiento se le hizo con dobles de campanas en todas las iglesias» Leiva había llegado el día de difuntos.

El Colegio Electoral estaba convocado para el 3 de noviembre, para decidir si Cundinamarca debía confederarse o no con el Gobierno de Tunja. Pero Alvarez y su partido, temiendo que la Asamblea diera una solución favorable a las aspiraciones del Congreso, impidieron la reunión de aquella Asamblea, apoyados por los chisperos, entusiastas federalistas, y por crecido grupo de españoles, todos enemigos del Congreso. Hubo motín, y éste arrojó del salón a los miembros del Colegio (1) .

Ya se traslucían en Bogotá los preparativos hostiles que fomentaba el Gobierno de la Unión.

En esos momentos llegaba Simón Bolívar a la ciudad de Pamplona, donde encontró a Rafael Urdaneta. Este mandaba los restos del Ejército que había libertado a Caracas, el cual había hecho luego desgraciadísima campana (2) . Bolívar siguió solo para Tunja, a dar al Congreso granadino cuenta de su conducta, el día 14 de noviembre. Fue entonces cuando oyó de los labios de Camilo Torres estas palabras memorables:

General: vuestra Patria no ha muerto mientras exista vuestra espada: con ella volveréis a rescatarla del dominio de los opresores. El Congreso granadino os dará su protección, porque está satisfecho de vuestro proceder. Habéis sido un militar desgraciado, pero sois un grande hombre (3) .

El Gobierno de la Unión, en servicio de la defensa común, «resolvió ocurrir a uno de aquellos remedios extremos que exigen los grandes males.» Resolvió obligar por la fuerza a Cundinamarca a entrar en la federación y para ello dio a Rafael Urdaneta órdenes reservadas para dirigir tres batallones venezolanos, un escuadrón de dragones y algunas compañías de tropas granadinas. Urdaneta, en marcha, hizo aprisionar en Sogamoso a cinco españoles, entre ellos a don José Jover. El Oficial encargado de la escolta-soldado de la guerra a muerte-les quitó la vida en el camino, y dijo como disculpa que habían pretendido escaparse, disculpa que no evitó grave escándalo. El historiador Groot consigna esta opinión sobre el hecho:

El Gobierno reconvino a Urdaneta, quien se disculpó con el Oficial; el Oficial con los soldados, y los soldados con las lanzas, como decía en un caso análogo nuestro antiguo cronista Juan Rodríguez Fresle.

         El Cura poeta antes nombrado dijo a propósito:

                     El bárbaro Urdaneta en Santa Rosa
                 Al noble y pío don Josef Jover
                 Con muerte consumió, mas tan preciosa
                 Cuanto él dura se la hizo padecer.
                 A esta canalla infame y alevosa
                 Ni las canas pudieron contener
                 De don Francisco Wilches, ni el candor
                 De Larrarte! ¡Tal era su furor! (1) .

La pluma realista de este vate asevera que a un peón que creyeron espía los Jefes de la fuerza del Congreso, lo pasaron por las armas en Chocontá y ultrajaron al Cura, fray Emigdio Camargo, porque había permitido sepultar el cadáver en la iglesia. También afirma que otro español, José Pérez, fue igualmente fusilado (2) .

La dictadura que Alvarez había ejercido con mal acierto desde el 1° de junio, cesó el 18 de noviembre. El continuó gobernando como Presidente, sujeto a la Constitución.

La noche de ese día, 18, tembló fuertemente. A las once de la noche no había santafereño en cama. A media noche se hizo procesión, cantando las letanías, en la antigua plaza de San Francisco.

De suerte-dice Caballero-que en medio del susto daba gusto ver a todas las gentes por todas partes, porque unos rezaban el rosario, otros el trisagio, otros las letanías de la Virgen, otros las de los Santos, unos cantaban el Santo Dios, otros la Divina Pastora, unos gritaban el Ave María, otros el Dulce Nombre de Jesús, unos lloraban, otros cantaban, otros gritaban, otros .pedían misericordia y confesión a gritos. En particular, las del mayor alboroto eran las mujeres.

Yo me reía a ratos de ver tanto movimiento, sin sino, como locos, pues ninguno sabía lo que hacía; y aun en aquellas personas doctas y de mayor civilización. ¡Válgame Dios, lo que es un susto repentino! Y más si viene por la mano del Altísimo....

En los días siguientes se repitieron los movimientos sísmicos, y en varios templos se hicieron rogativas y procesiones.

A la vez se publicó bando de que el Congreso declaraba la guerra al Estado de Cundinamarca, noticia que se confirmó el día último de noviembre. Se apeló entonces al medio de desacreditar al General Bolívar con imposturas y calumnias. Se fraternizó con los españoles europeos, y se llevó a los calabozos a ciudadanos federalistas, beneméritos y honrados.

Entonces fue cuando algunos eclesiásticos, verdaderamente sediciosos, prostituyendo sacrílegamente su alto y pacífico ministerio, se presentaron en las calles y en las plazas, predicando la guerra, la desolación y la venganza; ellos pintaban al General y a las tropas de la Unión como herejes e impíos que venían cometiendo toda clase de excesos y de crímenes (1) .

Era el espíritu religioso el medio más eficaz para mover el pueblo de Santafé, y los dirigentes propagaron la idea de que Bolívar era un bandido, enemigo del nombre cristiano, «que mataba sacerdotes, que violaba mujeres, que profanaba templos y vasos sagrados» y que por todas partes esparcía la desolación. El clérigo bogotano Juan Manuel García Tejada, poeta popular que vimos figurar en la primera guerra civil, hizo circular con profusión la siguiente décima:

   Bolívar, el cruel Nerón,
       Este Herodes sin segundo,
        Quiere arruinar este mundo
Y también la religión:
Salga todo chapetón,
  Salga todo ciudadano,
             Salga, en fin, el buen cristiano
   A cumplir con su deber
   Hasta que logremos ver
     La muerte de este tirano.

El clérigo Torres y Peña, furibundo partidario del poder español, tenia «la aversión mas profunda hacia Bolívar, a quien calificaba a cada paso de tirano, de monstruo y aun de enemigo de la religión.» El ilustre literato don Antonio Gómez Restrepo, autor del concepto anterior, quien juzga a este poeta, versificador, agrega esta opinión, digna de repetirse:

El que tales horrores escribía era, según Groot, un sacerdote modelo de virtudes; operario infatigable: humilde, casto, penitente y desinteresado, que nunca recibió derecho de óleo, y a los pobres que no tenían comodidad para pagar los de matrimonio y entierro, les servia de balde. Tuvo además el valor de sus convicciones (1) .

Escribía Torres:

                                  Jamás produjo el suelo americano
                        En sus selvas o breñas más espesas,
                        Ni en sus diversos climas un tirano.
                        O caribe de entrañas más aviesas:
                        No vio monstruo más fiero e inhumano.
                        Ni tigre ni dragón que en sus sorpresas
                        Igual estrado le haya ocasionado.
                        Al que Simón Bolívar
                       
                        ...................................................

                           El sangriento Bolívar al pillaje
                        De los nebros bandidos, que acaudilla.
                        Añade en todas partes el ultraje
                        De exigirle el respeto a su gavilla.
                        Aunque sean oficiales en el traje
                        No son más que asesinos en pandilla,
                        Que de arrieros, esclavos y hombres vagos
                        Bolívar adiestro con sus estrados (1) .

En los primeros días de diciembre hubo preparativos de guerra en Bogotá. Se publicaron bandos, se tocaron generalas, se hicieron fuertes en San Diego y en San Victorino v se repitieron las noticias contra Bolívar v el ejercito de bandidos que comandaba, en 1814.

Los Gobernadores del Arzobispado, don Juan Bautista Pev y don José Domingo Duquesne, con criterio extraviado y con lamentable falta de cordura, expidieron el 3 de diciembre un edicto tan famoso como injusto, en el cual aseveraban que las tropas de la Unión violaban el Derecho de Gentes, que tenían despiadada crueldad v que estaban a punto de atacar la religión en los templos, altares, rentas, alhajas y en las personas y vírgenes del Señor: y decían los Gobernadores:

Teniéndose entendido que gobierna esta expedición el General Simón Bolívar, cuya historia es bien conocida en todo el Reino ; cuya crueldad es notoria a todos estos países a que ha llevado la muerte, la desolación, y cuya irreligión e impiedad ha publicado el mismo y lo ha dado a conocer en una proclama que comienza: Ciudadanos! infeliz del Magistrado......

Firmaron este ardiente documento los Prelados dichos ante el Notario eclesiástico Gregorio Muñoz. (2)

Para resolver en tan difíciles circunstancias las mejores medidas que debían tomarse, y para contestar a la intimación hecha a la ciudad por el Libertador, don Manuel Alvarez convocó una Asamblea, compuesta de padres de familia, los que se reunieron el mismo 3 de diciembre en las salas del convento de San Agustín. A ella concurrió mayoría de españoles y americanos realistas, quienes temían por su vida y no creían en las garantías ofrecidas por Bolívar. En ella figuro don Felipe Vergara, nuestro conocido Jefe de la Legión Vergara del año anterior. Su actuación en esa Junta la refiere el Cura Torres y Peña en estos versos:

                               Satisface al sujeto respetable
                           Con lo urgente del riesgo que nos gana
                           Los momentos preciosos, y no es dable
                           Que nos distraiga la disputa vana:
                           Y del sabio Vergara es bien notable
                           La breve decisión que el coro allana:
                           «Yo les digo, señores (así habló),
                           Que pasos largos, pico corto y NO!»

Naturalmente se contestó que Cundinamarca conservaba su autonomía y protestaba una vez más contra la federación.

A la sazón el Libertador, que tenía su Cuartel General en Tocancipá, el día 4 de diciembre hizo ocupar a Zipaquirá por las tropas que mandaba Rafael Urdaneta, y el Puente del Común por las que estaban a órdenes de Bartolomé Chaves.

Los españoles se habían organizado en Bogotá, con anuencia de Alvarez, en una Compañía de a caballo bautizada con el nombre de San Fernando, que comandaba don Lorenzo Arellano, grupo de militares novicios, armados con sables, trabucos y pistolas, los cuales recorrían las calles con gran ruido, como si ya hubieran vuelto vencedores del combate.

Después de 1810 la reorganización de las milicias tenía por cabezas a caudillos americanos, es decir, criollos, y no tenían entrada los españoles si no estaban purificados. Alvarez cometió el grave error de permitir que volvieran los peninsulares, partidarios de Fernando VII, a hacer parte de la fuerza pública.

El poeta realista tantas veces citado califica así a los guerreros nacidos en ultramar y que comulgaban con él en el mismo altar político:

    Al escuadrón valiente que formaron De a caballo los fuertes europeos, Con roja y grande cruz lo resguardaron Donde tuvieron fijos sus deseos. A don Ramón Infiesta lo entregaron Para que aquí fenezcan sus empleos, Cuando ya un fin glorioso lo corone Y su conducta por la cruz se abone.

Otros peninsulares, como don Juan Jurado, Ramón de Leiva, Martínez Portillo, José Martín París, Juan Gómez y Melendro, observaron una conducta digna y apoyaron decididamente las autoridades nacidas de la transformación política de 1810.

Al Ejército de la Unión se habían unido todos los pueblos de Cundinamarca, con excepción del de la capital.

El día 7 de diciembre salió de Chía el Libertador, y estableció su Cuartel General en el campo de Techo, en las cercanías de Puente Aranda, en una amplia casa de campo que pertenecía a la familia Gutiérrez Moreno.

Entre los prisioneros que traían las fuerzas de la unión se contaba un médico empírico español, de apellido Lorite. Refieren el cronista Caballero y el Cura poeta Torrea y Peña que ese día le dieron muerte al galeno peninsular en los aledaños de Puente Aranda; y el segundo nos cuenta que en la espaciosa casa cural de Fontibón, abandonada por el Cura Joaquín Pey, hermano de don José Miguel y del Gobernador del Arzobispado, se reunieron «los salteadores» y que saquearon dicha casa y la vieja iglesia.

El español José Ramón de Leiva comandaba las fuerzas de Alvarez, o sean los Batallones Patriotas, Nacionales, Defensores de la Patria y Milicias, y dictaba activas medidas para la defensa. Las fuerzas de Bolívar ocuparon la ciudad de Facatativá y el puente de Bosa. Bolívar dirigió una intimación al Dictador, en la cual manifestaba los males que seguirían a un combate fratricida, y ofrecía garantías y seguridades, si el Gobierno de Alvarez accedía a los propósitos del Congreso. También escribió particularmente a don Juan Jurado, su amigo desde que residió en Caracas, y su compadre, interponiendo su influjo para ante los obcecados gobernantes de Bogotá.

Alvarez fue rehacio y se negó a entrar en arreglos. El 9 de diciembre fue comisionado el ciudadano Emigdio Troyano para reducir a prisión a muchos españoles que residían en la ciudad de La Mesa. El Ejército déla Unión marchó sobre la ciudad, formado en dos líneas. La primera la componían los Batallones Barlovento, Cazadores y La Guaira; la segunda, El Socorro y Tunja, y las caballerías quedaron como reservas. Parte de esas fuerzas llegó a Sanfasón, en las goteras occidentales de la vieja ciudad. Estas fuerzas volvieron a Techo.

Entre las tropas de Bolívar se contaban Oficiales tan distinguidos como Miguel Carabaño, Mayor General; su hermano Fernando, Carlos Montúfar, José María Serna, Bartolomé Chaves, Joaquín Salas y otros de no menos Hombradía. En las tropas de Leiva obedecían otros distinguidos militares, como Pedro Núñez, Manuel Vásquez Posse, Buenaventura Ahumada, Ramón Lago y José María Uricoechea. Todos eran patriotas, y sin embargo iban a combatir por una obcecación del Presidente Alvarez. Muchas señoras de Bogotá, a cuya cabeza figuraba doña Genoveva Ricaurte de París, enviaban informes al campamento de Bolívar, dirigidos a su hijo Mariano, que se hallaba en Techo.

                 Las mujeres, que son para esto peores.
                 Procuran con medios insidiosos
                 Darle de todo al enemigo aviso,
                 Y al Gobierno impedirlo ya es preciso,
                 escribía Torres y Pena.

En la noche del 9 fue incendiada la quinta de la familia París, casa de campo aislada que existía en el sitio de Sanfasón. Sea este el lugar de consignar que en muchos escritos se ha llamado a ese sitio Sans-facons, por haberse creído que un industrial francés establecido en las cercanías de la Pila Chiquita recibía a las gentes con amable hospitalidad, sin cumplimientos ni etiquetas, es decir, sans facons. Seguimos nosotros la versión del publicista bogotano Próspero Pereira Gamba, quien opinó con bases sólidas que el origen de la palabra sanfasón no tiene etimología francesa alguna, y que es un antiguo vocablo indígena.

En esa misma noche del día 9, el Mayor Fernando Carabaño hizo practicable el campo, cegando a la cabeza de zapadores las zanjas desde Puente Aranda hasta los aledaños de la ciudad.

El día 10 el Libertador expidió en Techo una proclama para los habitantes de Santafé. Decía en ella que mandaba un ejército de hermanos, que la guerra se dirigía sólo contra los españoles, y fijaba el término de tres días para gozar de indulto. Allí mismo dio orden especial para prender al Cura de Cajicá, Pedro Bujanda, dueño de la hacienda de Hatogrande, ardiente y activo realista, el que fue enviado a Tunja (1) .

Su copartidario y colega Torres y Peña escribió sobre este hecho:

lega luego Bolívar, que le manda A Tunja preso con crueldad tan dura, Que el día de la Virgen ni la misa Se le permite, ni mudar camisa.

El 10 de diciembre a las siete de la mañana marcharon las fuerzas de Bolívar sobre la ciudad, por columnas, a las que acompañaba un Escuadrón de lanceros. Antes de Puente Aranda tomaron una diagonal directa al barrio de Santa Bárbara, el cual no estaba fortificado. «Su Excelencia __dice el diario de operaciones-el General en Jefe, que a la cabeza de las tropas los conducía al campo del honor,» encontró por el lado del Fucha la primera fuerza enemiga, mandada por Pedro Núñez, que estaba situada en el puente de Santa Catalina, al arranque del camino para Tunjuelo.

El combate fue recio.

Entretanto, en algunas iglesias de la ciudad se hacían rogativas y oraciones. La multitud hacía súplicas ante los altares, con corazones atribulados. Un historiador extranjero se expresa así sobre este candido celo religioso:

En la Nueva Granada andan frecuentemente asociadas la política y la religión, y acaso no faltan ejemplos de desaciertos y aun crímenes cometidos en nombre del Todopoderoso. Durante la toma de la ciudad, a cada descarga de artillería prorrumpía el populacho reunido en la plaza con gritos de ¡viva Jesús! y a semejante profanación contestaba desde su balcón una dama del partido de Bolívar, con la blasfemia de «¡muera Jesús!» Esta mezcla de política y religión da a las discusiones civiles de aquel país cierta importancia y estabilidad, que de ordinario va seguida de fatales consecuencias (1) .

A las tres de la tarde el Capitán Juan Salias, a la cabeza de los Dragones de Caracas, ocupó la Plaza de San Victorino, no obstante activo fuego de artillería. A la vez, Lino Ramírez, granadino, ganando terreno paso a paso, y tomando una a una bocacalles y casas, llegó a las alturas de Belén. Al anochecer estaba organizada la línea de circunvalación.

El día 11 el Coronel Serviez, Jefe de las caballerías, avanzó por la calle 12, y al llegar a la Real, fue herido en una pierna.

Según el Boletín Oficial número 4, «el General en Jefe quitó con sus manos la lápida que se hallaba en la fuente de San Victorino, en que estaba inscrita aquella ventaja que habían conseguido los enemigos sobre el Ejército de la Unión.» Y el poeta realista Torres y Peña nos cuenta que las fuerzas que llegaron al oriente de Santa Bárbara, hacían vivo fuego desde La Peña, Los Laches y otras alturas. El dice:

                 En travesías muchos se ocultaban
                 Y los más bravos en Belén se alojan
                 Donde la Pacha Guerra, aquí se fija
                 La bandera infernal que los cobija.

Bajo los pliegues de esa bandera se encontraba ya vencedor el ilustre General en Jefe.

La tradición ha conservado el recuerdo de la gentil belleza conocida en todo Santafé con el nombre de la Pacha Guerra, entusiasta revolucionaria y ardorosa admiradora del Libertador.

Algunos incidentes de esta lucha civil, que por segunda vez manchó de sangre las calles de la ciudad, merecen consignarse en la historia de la capital. El Coronel Fernando Carabaño, venezolano, mártir de la Patria en 1816, tomó los barrios del norte de la ciudad, acompañado de José María Serna, también muerto después en patíbulo, por conspirador, en 1833. El Coronel Salvador Cancino, bogotano, fusilado por patriota en Cartagena, en 1816, dirigió la artillería en Belén y en el viejo paseo de la Aguanueva. Bolívar personalmente visitó todos los lugares de combate y mandó las fuerzas que tomaron el barrio de Santa Bárbara.

Durante la lucha fue asesinado por los soldados venezolanos, en la Calle de Las Aguilas (hoy carrera 10), el español Joaquín Quintana, no obstante estar rodeado por su familia. «A los chapetones- escribe Caballero-que cogieron en la fuerza del ataque, los mataron a sablazos: dos por Belén; el uno era un tal don Vicente Vidal, que era sobrestante de la Catedral, y otro que lo acompañaba.» Ignacio Arriaga fue muerto en San Victorino, y el gallego Manuel Núñez de Balboa, en la antigua Alameda.

En las calles inmediatas al Hospital de San Juan de Dios hubo recios encuentros: en ellos murió Joaquín Saltas; y allí quedaron numerosos cadáveres.

En el Observatorio se habían encargado de vigilar los movimientos de las tropas de la Unión don Benedicto Domínguez, don Francisco Urquinaona y don Miguel Tobar, los que fueron hechos prisioneros y retenidos como rehenes. La soldadesca destruyó algunos de los libros, instrumentos y dibujos que se guardaban en ese templo de la ciencia, y varios objetos de los que se custodiaban en la casa contigua al Oriente, de la Expedición Botánica. Don José María Lozano, Marqués de San Jorge, en cuya casa señorial de la carrera 6a había establecido Bolívar su Estado Mayor, interpuso su mediación valiosa ante el Libertador; y habiendo encontrado simpática acogida, dio parte al Gobierno de Alvarez en el siguiente curioso oficio, el día 11 de diciembre:

El señor General don Simón Bolívar, que actualmente se halla en casa, y por súplicas mías, accede a que se haga alguna capitulación; y al efecto concederá una hora de suspensión del fuego.

JOSÉ MARÍA LOZANO

Que pueden venir las personas que hayan de    tratar.

EL CIUDADANO MARQUÉS DE SAN JORGE

Después de varias contestaciones entre Alvarez y Bolívar, el primero, acompañado del General Leiva y de don Ignacio de Herrera, firmó las capitulaciones en la casa del Marqués, el día 12.

Las tropas de los dos Ejércitos, que ya fraternizaban, se ocuparon en sepultar los cadáveres, ya en el panteón anexo a la iglesia de Santa Bárbara, ya en el cementerio del occidente de la ciudad, ya en el amplio atrio de San Diego, cerca a la monumental cruz de piedra que allí existe, y junto a las fosas donde fueron enterrados los muertos en el combate del 9 de enero del año anterior.

Coadyuvaron a calmar las pasiones los Gobernadores del Arzobispado, los que habían excomulgado a Bolívar el día 3. Encabezaban su resolución reparadora, a que dieron publicidad en hoja volante, con el siguiente título que consignamos como curiosidad:

Nós los ciudadanos Juan Bautista Pey de Andrade, Arcediano, y José Domingo Duquesne, Canónigo de esta santa iglesia metropolitana, Gobernador de este Arzobispado, etc....

Anularon los Prelados y dieron por de ningún valor la excomunión fulminada contra Bolívar en días anteriores. El asunto terminó con cantar un Tedeum en todas las iglesias de la ciudad.

Concluída la guerra, todos se miraron como hermanos, y el orden y la fraternidad reinaron en la capital.

Los fastos de la libertad no son siempre los de la paz, ni los de la justicia, ni los de la fortuna de todas las Repúblicas. Los pueblos están expuestos en su origen y en su destino a conflictos superiores a su fuerza nativa, y de que solamente puede salvarlos el patriotismo o la sabiduría de sus hijos (1) .

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(1) J. M. RESTREPO, lib. cit., i, 289.(Regresar)

(2) N. GARCÍA SAMUDIO, Juan Salías, Boletín de Historia, IX, 355,(Regresar)

(3) M . BRICENO, Cuadro Sinóptico de la vida del Libertador.(Regresar)

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(1) J. A. DE TORRES V PENA, lib. cit., 289.(Regresar)

(2) J. A. torres v pena, lib. cit., 304, 306.(Regresar)

(1) J, M. RESTREPO, lib. cit., I, 290.(Regresar)

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(1) A. GOMEZ RESTREPO, . Notas a la Historia de la Literatura, págs. 325 y 327. 25 Abajo (Regresar)

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(1) J. A. TORRES Y PEÑA, lib. cit.. 285, 305.(Regresar)

(2) J. M. GROOT, lib. cit., III, 330 y Apéndice XXVI.(Regresar)

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(1) D.F. O’LEARY, lib. Cit., XIII, 569.(Regresar)

(1) D. F. O’LEARY, Memorias, I, 238.(Regresar)

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(1) J. T. GUIDO, Fastos de la Libertad,(Regresar)

 

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